Magnífico creador audiovisual (ahí está Dark City), Alex Proyas vive confinado en una época en la cual resulta imposible que el cine de gran presupuesto, y, por tanto, necesitado de legiones de consumidores, trascienda ni un ápice lo que la cada vez más mediocre tecnocracia fílmica juzga tolerable por el rasero mental-sentimental de la masa cuyos bolsillos se pretende saquear. Para muestra, esta cinta, que bien pudo devenir grato eco de aquella añeja CF módica de forma, aunque digna en ideas, con su virilidad pulp y su rechazo a la emotividad de mínimo común múltiplo, pero... no pudo ser.
Por culpa del maldito sentimentalismo que nos asola (peste de huerfanitos, esposas R.I.P y clichés judeocristianos coagulados en grumos de pensamiento único), la cosa ha quedado en otra ocasión perdida para que Alex Proyas, todo adalid del celuloide como fenómeno extraordinario, entregase, por fin, esa nueva pieza de culto que (algunos) llevamos años anhelando. Con todo, en esta Señales del futuro prevalece el talento de Proyas para la imágen indeleble, recordándonos por qué el género fantástico (y más si gestiona asuntos apocalípticos como en este caso) debería desinfectarse de hormonas y ñoñeces, para atender al asombro y al abismo. Si el mundo revienta, mejor mirar por la ventana, ¿no?