Información de procedencia dudosa. Cuando los avances tecnológicos en neurociencia (combinados con el desarrollo de circuitos artificiales complejos) permiten cambiar, borrar, e incluso instalar recuerdos falsos en la mente (que son vividos como totalmente reales y propios), se desencadena la “compra” de cambios de estado anímicos y hasta personalidades enteras.
Asimismo, el volcado de datos cerebrales en máquinas específicamente diseñadas para ello, dotan de una incertidumbre desmedida la misma naturaleza humana.
La inteligencia artificial surgida como fruto de las copias de seguridad de conciencias humanas, gana una cruenta, desleal, y manipulada batalla jurídica que refleja la podredumbre del sistema legislativo humano (que gradualmente ha sucumbido a la completa corrupción de los estados y al corporativismo de las grandes multinacionales asesoradas por conciencias artificiales). Y todo ello, lubricado por la pérdida de identidad humana causada por un mercadeo descontrolado de sensaciones simuladas de todo tipo.
La digitalización cerebral se extiende masivamente y la nueva progenie económicamente gobernante, adquiere el control absoluto del planeta (y muy pronto demuestra su gran operatividad y proliferación en todos los campos imaginables).
El impacto de semejantes cambios desencadena la rápida afloración de “mentes y conciencias” desarraigadas por completo de cualquier simpatía hacia sus semejantes (ya que en verdad, no saben ni como considerar su naturaleza).
Lo orgánico y lo artificial (fundidos por necesidad en un enfermizo y desconcertante abrazo de consecuencias tan inquietantes como impredecibles), emprenden una deriva oscura inevitable... (O no, esto es solo un ejemplo hipotético)
Entes amorales provistos de conciencia y todo tipo de mejoras tecnológico-cibernéticas, se debaten entre los mundos digitales recreados virtualmente, y una existencia material moldeada absolutamente a su conveniencia.
En semejante contexto, una desarraigada sociedad adinerada consagrada al placer sin límite y a un hedonismo insano, controla la política global Terrestre. Su enfermizo afán de felicidad a toda costa (ya que los avances científicos así lo permiten), los ha desprovisto gradualmente de identidad propia y cualquier vestigio de humanidad; son el descontrolado producto de diseño artificial de una civilización que, ética y moralmente, se desintegra sin remisión.
Cuando el cultivo legal de cuerpos “biológicos-esclavos” destinados a alargar la vida a los pudientes (ya sea utilizando sus órganos o hasta su cuerpo entero mediante transplantes de cerebro o volcados de datos artificiales), resulta improductivo por la falta de demanda (ya que los cuerpos sintéticos presentan mejoras difícilmente simulables orgánicamente), el mercado libre de seres humanos diseñados genéticamente a gusto de esos “clientes-artificiales”, emprende el relevo económico más fructífero jamás sospechado.
Los derechos de esos humanos de laboratorio (considerados meros juguetes) son obviamente inexistentes, y su vida, se reduce a satisfacer los deseos de sus “dueños” (cualesquiera que sean; y que se caracterizan por ser completamente demenciales).
Quien controla el destino del planeta y sus habitantes, son engendros cerebrales desprovistos de conciencia afín con toda forma de vida biológica convencional (arrinconándola sin contemplaciones en el tétrico e inexplorado campo de la experimentación lúdica en todos los ámbitos concebibles).
Como el conocimiento y evolución que experimenta la nueva estirpe arrastra consigo los instintos primarios matriciales de las mentes pioneras de naturaleza humana de las que provienen digitalmente, sus necesidades y anhelos profundos son el reflejo de los sentimientos reprimidos más básicos humanos, desatados sin control ni filtros moralistas (al ser incomprendidos y mal catalizados).
Por ello, y aunque la sexualidad no es indispensable para su pervivencia y propagación, se ha convertido en el elemental pilar de su cultura; un deseo desatado (sin cargo de conciencia, arrepentimiento, ni contención de ningún tipo); una retorcida semilla heredada de la humanidad que los engendró, y cultivada durante décadas con la fabricación de Sexdroids (sofisticados androides esclavos diseñados para proporcionar placer a los humanos).
Ahora, la humanidad carece por completo de medios para cambiar su suerte. El trato que dieron a los androides, es el decadente ejemplo de conducta que enseñaron, y por tanto, el legado recogido fruto de su siembra. El antiguo y ancestral planteamiento de que “el sexo lo mueve todo” (antaño reprimido por unos valores sociales), ha adquirido finalmente su significado literal (y sin tapujos). Toda fantasía planteada se lleva a cabo y sin censura.
Los “humanos” son engendrados artificialmente, manipulados genéticamente para satisfacer las perversiones de sus dueños amorales, y provistos de una dócil conciencia generada a partir de falsas experiencias insertadas artificialmente.
Con el tiempo, se ha perdido toda esencia de mínima cordura (ya que más que humanos, la mayoría de esas cobayas parecen auténticos monstruos de laboratorio; con órganos sexuales múltiples, extremidades en cantidad y tamaño dispar, y un largo etcétera de abominaciones y deformidades fruto del retorcido gusto de los clientes; unos seres que han perdido completamente el juicio y la razón).
La empatía hacia los demás, globalmente ya no existe. La única finalidad es satisfacer los deseos propios (y sin consideraciones). Pero la carencia de identidad propia en todos los ámbitos y eslabones sociales, junto con la implantación de recuerdos falsos generalizada desde hace años (y a todos los niveles), provocan que ya nadie sepa quien (o qué) es realmente (ni pone freno a lo que quiere). La ciencia parece haber descubierto el santo grial de la vida, desmarañando unos misterios que nunca debieron saberse; abriendo con ello una caja de pandora podrida que ya no puede cerrarse.
El culto a la satisfacción y la obtención de placer no está sujeto a regulaciones (y ello se muestra en su peor forma en una civilización al borde del colapso).
La aberración evolutiva característica de este tiempo no conoce límites (ni puede catalogarse con palabras humanas del S.XXI).