56475–K (Cuento)
Despierto. Dolor. Siento que mis sienes desean juntarse y aplastarme en el intento. Mis pies logran tocar el suelo frío, no me gusta. La luz es demasiado intensa y no puedo abrir los ojos. El dolor sigue.
No sé cuánto tiempo estuve sentado hasta que vino la pregunta a mi mente: ¿Dónde estoy?
La habitación es completamente blanca, sin ventanas, tan solo la cama en el centro. El lugar parece hecho de plástico, paneles verticales uno al lado del otro, ni siquiera hay una puerta.
Con dificultad comienzo a caminar hasta la pared más próxima, cuando mis manos alcanzan la superficie. La recorro con cuidado intentando percatarme de algo. Si de alguna manera entré tiene que haber una forma de salir. Aunque la habitación está bien iluminada camino prácticamente como un ciego, aún no puedo ver bien.
Comienzo a gritar pidiendo ayuda, con cada grito siento que la cabeza me estalla pero tengo que salir de ahí, golpeo con mis manos la superficie imperturbable.
Nada.
La pared se desvanece, no sé en qué momento ni cómo, pero caigo como piedra hacia delante y mi rostro encuentra el duro piso como obstáculo. No fue tan doloroso, creo que la sorpresa amortiguó algo.
Con un poco de dificultad me pongo de pie. Estoy en una habitación parecida a la otra pero más grande. No hay cama; es más, no hay nada. No entiendo, tampoco hay una mísera ventana.
–“¡Y me sigue doliendo la cabeza!”–Grito, cayendo de rodillas por el dolor.
Nota: no volver a hacer eso. El dolor es mucho pero esto no me gusta y estoy mitad nervioso y mitad temeroso, me da mala espina todo esto.
Cuando el dolor se hace soportable nuevamente, intento incorporarme y algo me llama la atención. Siento como se eriza la piel en mi nuca.
No hay puerta, no hay salida. Mis músculos se tensionan. Débilmente, lejos detrás de quien sabe cuántas paredes se escucha un grito desgarrador, como si estuvieran torturando a alguien. Frío, quiero salir de aquí.
Vuelvo a golpear las paredes, mis piernas siguen sin responderme bien, y torpemente voy recorriendo toda la habitación. El grito se detiene, volteo hacia donde –creo– provenía. Siento una brisa en la espalda. Una puerta.
La cruzo antes de que desaparezca. Misma habitación monocromática. No entiendo.
Las luces se desvanecen, mi corazón palpita a punto de estallar pero no estoy rodeado de oscuridad: De algún lado entra un débil brillo. Corro hacia ahí. A los pocos pasos, mis piernas me fallan y caigo de cara violentamente al suelo.
Tomo con ambas manos mi cabeza. El dolor es tan intenso que lloro. Respirar hondo, hay que respirar hondo.
La luz, iba hacia la luz. Es una pequeña ventana similar a un ojo de buey, está un poco alta pero no fuera de mi alcance.
No siento mi cuerpo, mis sentidos se volvieron locos. Creo que hasta he dejado de respirar: Ante mí, una danza hermosa, un ballet cósmico eterno, y el terror en su belleza máxima. Estoy observando una inmensa galaxia en espiral. Estoy en medio de la nada interestelar.
Mis piernas se dan por vencidas y caigo nuevamente. Estoy condenado.
Un grito que me hiela la sangre se escucha, mi respiración se agita increíblemente. Es como el grito anterior, pero se escucha mucho más cercano.
Mis piernas reviven como si se tratase de un milagro y comienzo a correr. Golpeo la pared más cercana con las manos esperando que algo se abra. A mi derecha, a unos dos metros una puerta aparece. La cruzo velozmente antes de que desaparezca.
La habitación es –también– blanca, pero cuesta creerlo debido a la cantidad de sangre que cubren el techo, la pared y el piso. Parece que hubiera habido una carnicería en ese lugar, aunque no hay ninguna parte de nada, tan solo sangre por todos lados. El problema es que mucha de ella está todavía fresca.
Cruzo la habitación lo más rápido posible, buscando nuevamente que la puerta se abra, golpeando la pared. Solo que esta vez alguien golpea también del otro lado.
Me quedo petrificado, mis músculos se endurecen al máximo. Un grito aterrador atraviesa la pared, corro desesperadamente hacia… ¿Dónde? Estoy en medio de lo que esos gritos signifiquen.
Solo queda una pared, la golpeo con todas mis fuerzas y lo más rápido que puedo, en cuanto la puerta se abre no pasa un segundo que ya la estoy cruzando. A mis espaldas los gritos se hacen más dolorosos.
Si la habitación anterior parecía una carnicería no tengo palabras para describir donde estoy: No solo la sangre cubre todo el recinto, sino que pedazos destrozados de carne y piel están desparramadas por el piso.
Estoy a punto de vomitar cuando un golpe en la pared me saca de mi letargo. Por su violencia, podría haber traspasado la pared.
Entre los restos me parece distinguir una especie de arma. Otro golpe hace que caiga del susto. Me arrastro desesperadamente hacia la especie de pistola. La tomo con ambas manos y me apoyo contra la pared.
Apunto hacia ningún lugar. Silencio, no respiro intentando escuchar algo.
Un grito como nunca había oído antes se escucha detrás de la pared; no puedo describir el terror que siento en cada célula de mi cuerpo.
Coloco el arma en mi boca y acciono el gatillo.
Agrego una mancha más a la pared.
Silencio. Pasan uno, dos, cinco minutos. Por la ventanilla del ojo de buey el centro galáctico gira imperturbable, de pronto parpadea y la animación se apaga. Un poco a la izquierda una puerta se abre, un hombre vestido de blanco se acerca a la estructura y abre una compuerta.
Llega hasta el cuerpo sin vida que aún sostiene el arma en su mano.
Saca la birome y anota en su cuaderno.
Sujeto: 56475 – K
Duración: 15: 857 minutos.
Resultado: Negativo.
Toma un intercomunicador de su bolsillo y dice
–“Coloquen todo en su lugar, traigan al próximo.”
(Cuento incluido en el libro "Recorriendo el Laberinto")